El vestido

Por Keila Ochoa Harris
Resulta impresionante la cantidad de estilos, materiales y colores en que se presentan los vestidos de novia. La Biblia nos informa que a la novia del Cordero se le ha concedido que se vista de lino fino y resplandeciente para recibir al rey. El blanco nos recuerda a los ángeles pues es el color más cercano a la luz, siendo en su esencia la combinación de todos los colores.

La Biblia nos dice que los ángeles son enviados a favor de los que serán herederos de la salvación, pero no encuentro citas que apoyen que están al servicio de toda la humanidad. Para ayudar al prójimo no hacen falta seres celestiales, sino personas de carne y hueso. A nosotras se nos manda atender a las viudas, a los huérfanos y a los pobres. No es el trabajo de los ángeles, sino de los siervos de Cristo.

Elizabeth Fry obedeció esta indicación y su presencia en la cárcel de Newgate se podía igualar a la de una visión angelical. Era la hija de un banquero. Pertenecía a una familia cuáquera, quienes se distinguían por su devoción, su vestido no ornamentado y su poco interés en las formas de entretenimiento comunes.

Elizabeth fue la tercera hija del matrimonio Gurney. Su madre la crió en los principios bíblicos y le enseñó la importancia de ayudar al prójimo. Lamentablemente, perdió a su madre a los doce años y ella y sus hermanas se distanciaron de sus principios cuáqueros.

Empezaron a vestir ropas más coloridas y atendieron diversos espectáculos como el teatro y la ópera, así que los demás de su congregación las censuraron. Pero en cierta predicación, por medio de un ministro invitado, Elizabeth decidió retomar el camino correcto, aún ante las críticas de sus hermanas. Entonces abrió una pequeña escuela para educar a los muchos niños huérfanos y pobres que rondaban su localidad.

A los veinte años, se casó con un caballero cuáquero llamado José Fry. Él se la llevó a Londres, pero apoyó su deseo de servir a los más desafortunados, y sorprende que Elizabeth lograra combinar las obras caritativas con la crianza de
once hijos.

Años después se mudaron a Plashet, en Essex, donde estableció una escuela para niñas destituidas y una cocina para indigentes. También buscaba tiempo para repartir literatura. En esa época, en 1813, escuchó de la prisión de Newgate, donde hombres y mujeres se amontonaban en reducidos espacios.

Las mujeres sentenciadas por robar manzanas se codeaban con las asesinas o falsificadoras de documentos, un crimen capital en ese entonces. Dormían, comían y defecaban en la misma zona. Las prisioneras robaban alcohol, comida y ropa, y si contaban con hijos, ellos se mudaban a la cárcel con ellas.

Elizabeth tenía treinta y tres años cuando pisó Newgate por primera vez. Los celadores le advirtieron sobre dos grandes peligros: la enfermedad y la violencia entre las trescientas internas, pero Elizabeth no se inmutó. Las
mujeres la recibieron con alegría. Nadie se había interesado por ellas, y Elizabeth no había llegado para regañarlas sino para mostrarles amabilidad.

Predicó sermones sencillos, oró con ellas y les trajo comida. Les leyó hermosas historias de la Biblia que conmovieron a más de una. Elizabeth creía que una
combinación de cuidado espiritual y entrenamiento práctico las beneficiaría, así que les enseñó cosas básicas de higiene, así como tejido y bordado. Cuando las internas vendieron sus creaciones y recibieron un poco de dinero, se emocionaron.

En un año, habían hecho veinte mil artículos de vestir, ganando dinero para comprar ropa decente para ellas mismas. La reforma producía buenos resultados, así que Elizabeth adquirió más valor. Intervino a favor de las mujeres bajo sentencia de muerte, y si sus ruegos no resultaban, las acompañaba hasta sus últimos momentos con palabras de consuelo.

Sus contemporáneos escucharon de la cuáquera que hacía milagros en la prisión de Newgate. Muchos acudieron a presenciar el cambio e implementaron sus métodos en otras prisiones del país. En 1817, Elizabeth fundó la Asociación para la Mejora de las Prisioneras de Newgate. En 1818, se le invitó a la Cámara de Comunes del gobierno británico para reportar el estado de las prisiones inglesas, lo que contribuyó a la reforma de 1823. Visitó Francia, Bélgica, Holanda y Alemania para promover los cambios en otras cárceles de Europa; incluso fue entrevistada por reyes y magistrados.

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