El Banquete

Por Keila Ochoa Harris

Sin importar la cultura, la comida ocupa un lugar importante en las celebraciones. En el Internet me topé con una monstruosa cantidad de propuestas, pero en un libro infantil encontré lo que para mí sería el más detallado, fantasioso y delicioso banquete, preparado por Marmaduke, un cocinero creado por la mente de Elizabeth Goudge, la autora de El pequeño caballo blanco y otras novelas. 


“El pastel de boda, con betún blanco, era del tamaño de una carretilla, y su base de casi seis pies de alto, ascendía como una pirámide. Estaba decorado con flores de azúcar y fruta y aves y estrellas y mariposas y campanas, y en lo más alto había una pequeña luna y un pequeño sol dentro de una herradura de plata. Había muchos otros tipos de pasteles, por supuesto, y toda galleta dulce posible con bollos glaseados, y toda clase de emparedados que se puede pensar, cerezas acarameladas y jengibre cristalizado y almendras azucaradas y chocolates. Y había gelatinas y cremas y helados, y café caliente y café helado, y té y limonada y sorbetes, vino tinto y champaña”. 



A excepción de los dos últimos elementos, el menú parece un paraíso infantil, y esta fue la magia que Elizabeth logró a través de sus libros. Ella creó un mundo de ensueño en el que lo lógico y lo ilógico se funden en una fantasía y donde un sencillo día de campo cuenta con “emparedados de jamón, emparedados de mermelada, rollos de salchicha, pan de jengibre, rábanos y una botella de leche”. 



Elizabeth Goudge nació en 1900 y creció rodeada del amor de sus padres; incluso confiesa que la consintieron al grado de volverla una niña caprichuda. Su madre, después de un accidente en bicicleta, quedó semi-inválida y se sometió a una operación que la alivió del dolor, pero continuó postrada por años. Elizabeth creció en diversos puntos geográficos de Inglaterra que cautivaron su imaginación, como la isla de sus abuelos donde situó su novela que se convirtió en película Green Dolphin Street. Ella diría que “amaba los lugares más que a las personas”. 



Pero a pesar de su amor por el detalle, a los veinte años, Elizabeth se dio cuenta que no podía sobrevivir en el mundo adulto. No poseía la belleza o la gracia para atrapar marido, pero tampoco el talento como actriz ni la fortaleza física para una enfermera. Finalmente decidió estudiar Arte, lo que ayudó a su ojo crítico. Más tarde, se volcó a la docencia. Durante este tiempo, escribió sus primeros intentos, dos obras de teatro que no tuvieron gran éxito, pero su editor le sugirió incursionar a la novela. ¡Qué bendición que ella aceptara su propuesta! 



Elizabeth comenzó a darse a conocer como autora, pero también sufrió las consecuencias a través de crisis nerviosas y ataques depresivos. A pesar de que amaba escribir, el estrés que le producía afectaba su salud. Durante el resto de su vida batalló contra esta debilidad, pero no se rindió, ni siquiera cuando su padre falleció. Para Elizabeth, sus personajes encontraban salvación y redención al dedicarse al bien común de amigos y familiares, más que a existencias egoístas, y ella lo demostró al cuidar de su madre y vivir para otros. 



Cuando su madre también murió, Elizabeth encontró una compañera y amiga llamada Jessie, muchos años menor, casi una hija, que no había leído sus libros pero que compartía su amor por los perros. Elizabeth optó por una vida de sencillez, tanto en su vestir como en sus viviendas, de modo casi monástico, según muchos comentaron. Sin embargo, al morir, el periódico Times la describió como una mujer frágil en apariencia, pero fuerte en espíritu, y la comparó con Jane Austen, pues ambas dejaron que otros autores trataran el tema de la culpa y la miseria; ellas eligieron la bondad y la fe, la belleza de la infancia y de la naturaleza. 



Pero lo que Elizabeth logra con la pluma, muchas mujeres lo hacen en la cocina día con día. Son los detalles, finalmente, los que transforman una cena común en un festín. Nada se compara al fuego de una chimenea, pero a carencia de una, existen muchos métodos para formar un hogar acogedor. Pienso en mis abuelas. Una de ellas se esmeraba por complacer nuestros gustos; la otra nos invitaba a un mundo mágico de galletas de jengibre. Si bien a veces imaginaba que vivían esclavas del horno, descubrí que en medio de cazuelas y ollas disfrutaban su libertad creativa. 



El amor de una madre o una tía o una prima o una novia o una esposa surge de la misma manera. Un platillo preparado con atención deletrea un “Te Quiero”. Un pastel adornado con precisión habla al vientre y al corazón. Aún más, el hogar se traduce en comida, compañía y cariño. ¡Qué dolor causa el pensar que muchos niños prefieren la escuela a sus casas cuando el hogar debería ser, por excelencia, el refugio a las tempestades! 



Quizá el secreto radica en cómo vemos las cosas ya que eso define cómo las disfrutamos. Una sencilla merienda de pan con mantequilla, miel y crema, se vuelve un festejo cuando detectamos los detalles: la tetera cantando, el gatito maullando y la luz proyectando sombras, como lo planteó Elizabeth. Por lo tanto, hagamos de nuestras vidas un banquete de detalles y compartamos esas delicias con los que nos rodean. No más “simples desayunos”, sino naranjas partidas en rodajas coquetas, vasos adornados con un listón de color violeta y un abrazo de buenos días.

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