Una nueva historia

Por Diana Carolina Mendoza Corrales


 ¿Qué tan grande era la sala de mi infancia, si en ella cabían mis juegos, mis risas y llantos, mis silencios y soledades, mis primeras lecturas y pensamientos… y ahora, en la adultez, también las respuestas que me ofrece la Biblia?

Las paredes parecen las mismas, pero dentro de ellas se han acumulado una multitud de memorias: el eco de las voces familiares, la sombra de las tardes solitarias, el murmullo de páginas leídas a escondidas.

El café en la mesita se enfrió y yo lo miré sin remordimientos, preferí perder el sorbo a perder el momento. Sentada en la mecedora en ese mismo espacio, que ahora se iluminaba y coloreaba con el dibujo a crayolas de una de mis sobrinas a mi lado; el sueño en mi regazo de una bebe y la biblia en mis piernas.

En unas horas sale mi vuelo a la ciudad de mi adultez a la que llevo conmigo la calma del mar y la ciudad donde crecí, y estos minutos son el puente entre este instante y lo que vendrá.

Abrí la Biblia torpemente, con los brazos ocupados en abrazos, con la atención dividida entre afectos y memorias.  

Leí de una mujer que caminaba cada día hacia un pozo, cargando no solo cántaros sino también la sed de su alma. Allí, en la hora más calurosa, encontró al Hombre perfecto que le habló de un agua que no se agota. Ella pensaba en agua física, pero Él le ofrecía vida eterna:  

Pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que Yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Juan 4:14, NBLA).  

Cristo no le ofreció un discurso bonito ni palabras que se evaporan como agua en el desierto. Le habló de un agua viva, y luego la trató como nadie la había tratado antes: con dignidad, con verdad, con amor sin miedo a comprometerse con su historia.  

Seguí leyendo y encontré otra mujer, arrastrada por la multitud, acusada, expuesta, esperando la condena. Los hombres tenían piedras en las manos, pero el Maestro tenía  gracia en la voz. Él no negó su pecado, pero le ofreció un futuro distinto: 

“Y enderezándose Jesús le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado? Ella respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno; vete, y desde ahora no peques más” (Juan 8:10‑11, NBLA).  

Cristo no solo pronunció palabras de defensa: se inclinó, escribió en la tierra, desarmó la violencia con un gesto.  

Su expectativa era la muerte; Cristo le dio futuro y capacidad para reescribir las páginas de su historia.

Y luego apareció María Magdalena, una mujer que conoció la oscuridad del pecado, el dolor y la soledad, pero también la luz de la primera mañana de resurrección. Ella fue la primera en escuchar su nombre pronunciado por labios que habían vencido la muerte:  

 “Jesús le dijo: María. Ella se volvió y le dijo en hebreo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)” (Juan 20:16, NBLA).  

Isaías ya lo había anunciado:  

“No recuerden las cosas anteriores, ni consideren las cosas del pasado. He aquí, Yo hago algo nuevo” (Isaías 43:18‑19, NBLA).  

Cristo lo cumplió y al igual que estas mujeres, Pablo lo confirmó con su propia vida:  

 “Olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13‑14, NBLA).  

2° Corintios 5:17, reforzó estas verdades, trazando que no se trata de borrar la memoria ni los sentimientos, sino de permitir que algo nuevo gobierne mis decisiones. 

Al final, no eran solo historias antiguas, ni palabras que se desvanecen en el aire. Eran promesas cumplidas, amor demostrado en gestos concretos, y gracia derramada hasta la última gota en la cruz. Y así, como quien se prueba un vestido que ya no le queda, comprendí que no puedo seguir aferrada a la ropa rota de los desaciertos, los rechazos o las melancolías del pasado, ni siquiera a los triunfos que alguna vez me llenaron de orgullo.  

Cristo me invita a dejar todo eso atrás y a vestirme de lo nuevo: una comunión íntima con Dios que me permite escribir otra historia, no la que otros han narrado sobre mí, sino la que Él mismo escribe con su perdón y su amor. Y en esa historia, descubro que soy más libre, más amada y más útil en sus manos de lo que jamás imaginé.  


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