Mi retiro del alma: El Getsemaní de mis días y mis grietas silenciosas


Por Diana Carolina Mendoza Corrales 


Me aparto un momento del afán porque hoy me siento fácil de perder. No por fuera, sino por dentro. 

Me siento aquí, rodeada de montaña, de un lago quieto y de árboles altos. Hay un verde que embriaga. Me calma el cuerpo, pero sobre todo me deja ver lo que normalmente tapo con prisa.... 

Las grietas silenciosas del alma

Abro la Biblia y no quiero leer rápido. Quiero quedarme. Permanecer 

He aprendido que, si no medito, me vuelvo liviana, distraída, vulnerable a cualquier miedo que se filtre.

Necesito este retiro intencional del alma: cerrar un poco el mundo para abrirme a Dios.

Pienso en Jesús apartándose al Getsemaní como una expresión profunda de su comunión con el Padre y no como un gesto aislado ni una pausa circunstancial. 

El lugar donde su corazón humano descansó y se afirmó. Yo también lo necesito, cada día, en medio de mis luchas y mis pequeñas satisfacciones, porque incluso lo bueno puede distraerme de Él.

Llego a Lucas 22 y la negación de Pedro me rompe la idea de que yo sería distinta. No siempre con palabras grandes ni con gestos visibles, sino con silencios, con omisiones 

Yo también he amado a Cristo y le he fallado, con esa forma sutil y vestido de piedad. Me duele reconocerlo, pero me hace bien no esconderlo.

Y entonces leo esa frase que me sostiene: “He orado por ti”. Me quedo ahí. La repito en voz baja. No me aferro a mi fuerza; me aferro a su gracia. 

Siento al Espíritu Santo guiándome, hoy, línea por línea, a encontrarme con Cristo y con la verdad de mi corazón, incluso en sus grietas invisibles del alma. 

Mi alma tiene hambre de Él.

 No de ideas de Él. Y aquí, entre este verde que me envuelve, vuelvo a lo esencial: lo único que de verdad me satisface: Cristo 

Me embriago en las excelencias, perfecciones, grandeza, aroma y belleza de  Cristo, mi Señor y Redentor.

@Ninalovehope

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