Sábado, en silencio y con el alma hecha polvo
Por Diana Carolina Mendoza Corrales Jesús, estoy aquí. Llego necesitada, con la garganta apretada y el corazón en la mano. Mi alma reconoce tu nombre aunque mi voz se quiebre al decirlo. Hay fe en mí, sí… pero está cansada, herida, como una lámpara que aún arde aunque el viento le golpee la llama. He amado, he esperado, he confiado, y me duele admitir que me siento perdida por dentro: angustia en el pecho, soledad en la cama, fracaso en la espalda, pensamientos que regresan en la noche como si buscaran un lugar donde quedarse. La piedra está frente a mí. La miro sin adornos. La miro como se mira lo inevitable cuando ya no queda energía para fingir. En esa piedra reconozco mis silencios, mis “no” abiertos, mi ansiedad que roba el aire, mi cansancio que no se disimula. Me quedo. Me quedo aquí porque quedarme es lo único verdadero que puedo ofrecerte hoy. Recuerdo que hubo un día en que una piedra así cerraba un pozo de aguas vivas. Que hacía falta...