El día en que Dios preguntó por mi tristeza: Del escándalo emocional a casa


Por Diana Carolina Mendoza Corrales


Hace unos días volví a ver una película que siempre me ha gustado mucho y que he considerado profundamente entrañable:

 "Yo antes de ti". 

La recordaba como una historia delicada, cargada de gestos amables y silencios bien intencionados, una de esas narraciones que parecen sugerir que incluso en medio del dolor todavía es posible encontrar belleza, amor y esperanza. 

Sin embargo, esta vez no pude verla de la misma manera, observandola solo desde un ángulo casi exclusivamente romántico,  obviando la narrativa intrínseca. No por rechazo, ni por censura, sino por una conciencia más despierta.

La película sigue siendo estéticamente bella, sensible en su lenguaje y conmovedora en su narrativa, pero ahora percibo con mayor claridad aquello que también comunica en silencio. 

Hay un trasfondo que propone ciertas conclusiones sobre el sufrimiento, la dignidad y la vida misma, y no puedo ya recibirlas de manera ingenua o acrítica. 

Me refiero al mensaje de fondo que la atraviesa: 

La romantización de la muerte asistida

Presentada no como tragedia sino como acto de amor, como liberación, como un final digno ante un dolor que aparentemente ya no tiene respuesta. 

Y casi al mismo tiempo, llegó a mis oídos el caso de Noelia. Un relato real, siin filtros, sin edición que suavice el impacto. Una historia que no termina cuando se apaga la pantalla del celular o el televisor, sino que se queda, pesa y se asienta en el corazón.

Desde entonces algo me ha acompañado como una sombra silenciosa. No es solo tristeza. Es una inquietud más profunda, más antigua. 

Una pregunta que no nace en la superficie de las emociones o de las tendencias de las noticias del hoy, sino algo que nace de las fibras profundas de mi ser. 

No se lo que ella estaba viviendo y experimentando. No pretendo presentar una falsa empatía o intentar llevar la conversación hacia mí. Ni mucho menos, pretendo asumir una cercanía que no me corresponde ni apropiarme de un dolor que no es mío.

Pero hay un lugar que sí reconozco. Habitar en ese mismo lugar donde el alma comienza a caer sin que el cuerpo se mueva.

No es una caída física; es un descenso interior, un vértigo silencioso en el que no hay suelo, ni manos, ni horizonte. 

Una caída que parece infinita, en medio de sombras, de soledad, de un vacío existencial donde no hay nadie que alcance, ni un final visible que prometa alivio. Solo peso. Solo oscuridad y vacío.

Un caminar en medio de la nada

Y fue entonces cuando comprendí que no estaba ante una inquietud que pudiera resolverse mediante el análisis cultural, ni ante la indignación moral, sino de una voz que ha acompañado al corazón humano desde sus primeros extravíos.

Una pregunta mucho más antigua, pronunciada por Dios mismo, expresada con la lucidez de su palabra en medio de la oscuridad emocional del texto (Génesis 4) :  

¿por qué ha decaído tu semblante?

No como acusación, sino como una mano extendida en medio del colapso interior. Como la voz de un Dios que no se escandaliza de nuestra oscuridad, pero que tampoco la celebra. 

Porque ahí, justo ahí, se define algo crucial: 

...si nuestras emociones serán el lugar donde Dios nos encuentre, o el lugar donde decidamos huir de Él.

La historia de Caín no comienza con violencia, sino con un corazón desordenado. Con una emoción no examinada. Con una tristeza que no fue llevada a Dios, sino incubada frente a Él. Caín no cayó de repente; descendió

Primero la frustración, luego la ira, después el abatimiento, y finalmente el acto que solo coronó una caída que llevaba tiempo gestándose por dentro.

La Escritura nos muestra que el pecado no irrumpe violentamente: acecha. Espera a la puerta del corazón, alimentándose de emociones que no se someten a la verdad.

Con el tiempo he comprendido  (a veces con mayor claridad, otras con más lucha) que las emociones no son fuerzas autónomas ni autoridades últimas que gobiernan el alma sin permiso. 

Tampoco son dioses caprichosos que dictan el sentido de la vida. Son parte de la vida creada, dones buenos que quedaron afectados por la caída

Las emociones no fueron dadas para gobernar el alma, sino para ser conducidas.

Y como todo lo creado, están llamadas a someterse a un orden más alto que ellas mismas.

Cuando ocupan el centro, el corazón pierde orientación. 

El problema no es sentir intensamente, sino absolutizar lo que siento.

Cuando la tristeza se convierte en juez, cuando el dolor reclama la última palabra, cuando el cansancio se erige como criterio de verdad, el alma empieza a deslizarse peligrosamente hacia ese lugar donde la caída parece no tener fin. 

No porque Dios haya desaparecido, sino porque hemos dejado de mirarlo como soberano. Cuando se ordenan bajo una verdad más grande, empiezan a cumplir su propósito.

Aquí la Escritura vuelve a ser incómodamente honesta: 

El corazón humano siente cosas reales, 
pero no siempre sabe interpretarlas correctamente.

El corazón, después de la caída (Genesis 3), no es un guía confiable. Por eso necesita ser iluminado, confrontado, restaurado. No para negar lo que duele, sino para comprenderlo a la luz de Dios.

Por eso Dios no se somete a nuestras emociones; es al revés. Él las confronta, las ordena, las redime. 

Y esto cambia por completo la pregunta.

 Ya no es solo “¿por qué me siento así?”, sino algo más profundo y, paradójicamente, más esperanzador: ¿qué estoy haciendo con lo que siento?, ¿hacia dónde me está llevando?, ¿me está encerrando en mí misma o me está conduciendo aunque duela de regreso a Dios?

No toda tristeza es igual. 

Hay una tristeza que, como enseña el apóstol Pablo, es según Dios y conduce al arrepentimiento y a la vida. Y hay otra, según el mundo, que solo consume, que no transforma, que se convierte en un eco interminable del yo herido. 

Nuestra cultura suele confundir compasión con anestesia, y termina ofreciendo alivios temporales sin tocar la causa profunda del dolor.

 Nos enseña a romantizar la muerte cuando ya no sabemos cómo acompañar la vida.

La diferencia no está en cuánto duele, sino en y hacia dónde conduce.

Aquí es donde una confesión antigua, escrita hace siglos, me resulta sorprendentemente actual, ofreciendo una claridad serena:

 
El Catecismo de Heidelberg

Con los catecismos como del de Heidelberg o Westminster no se pretende reemplazar la autoridad de la Escritura, pero sí se ofrece una forma clara y bíblica sólida de leer la existencia humana. 

Su primera pregunta no comienza con el deber, ni con la emoción, ni con la autonomía, sino con el consuelo

"Que no me pertenezco a mí misma, sino que pertenezco, en cuerpo y alma, a mi fiel Salvador Jesucristo".


 Esa afirmación, tan sencilla y tan radical, confronta directamente la narrativa contemporánea que nos dice que la vida solo vale mientras conserve ciertas condiciones.

La segunda pregunta es igual de reveladora:

 ¿Qué debo saber para vivir y morir en ese consuelo? 

La respuesta no evade la oscuridad; la ordena.

Tres cosas: cuán grande es mi miseria, cómo soy librada de ella y cómo debo vivir en gratitud por esa liberación.

Y la tercera pregunta nos devuelve al inicio de todo: 

"Conozco mi miseria por la ley de Dios".

No por mis emociones. No por mis percepciones. No por mi cansancio. Sino por una verdad que me confronta y, al mismo tiempo, me abre la puerta a la gracia.

Caín conoció su miseria, pero no quiso someterla. Prefirió cargarla solo. Eligió la autonomía emocional antes que la dependencia. 

Y su historia se convirtió en una advertencia silenciosa: cuando el dolor no se rinde, termina gobernando.

 
Cuando la tristeza no nos lleva a Dios, nos encierra en nosotras mismas.

 Señor, es aquí donde el evangelio deja de ser una frase que entiendo y se vuelve un lugar al que regreso. 

No vengo a explicarte mi dolor, porque Tú ya lo conoces; vengo a ponerlo en tus manos, como quien deja caer un peso que ya no puede sostener sola. 

Me acerco así, como estoy, sin orden, sin respuestas, con el cansancio metido hasta los huesos y este rostro que afuera aprende a sostenerse, pero que delante de Ti ya no necesita disimular nada.

Mi corazón no es una casa en orden, y Tú no pareces esperar que lo sea. Entras igual. Con misericordia paciente, y habitas lo que aún no sé entender ni arreglar. 

Aquí, en este espacio pequeño y sincero, empiezo a darme cuenta de que no soy  rechazada por mi fragilidad, sino acogida en ella.

Y algo en mí, que ha caminado tanto tiempo sin descanso, empieza despacio, casi sin notarlo, a recordar que aquí es donde pertenece, su hogar.

Y entonces, lenta y casi imperceptiblemente, el descenso se detiene.

No siempre porque las circunstancias cambien, sino porque el peso ya no descansa solo sobre nosotras. Porque la soberanía de Dios, esa verdad dura y dulce a la vez  nos recuerda que....

 
incluso este dolor, incluso esta oscuridad, incluso esta etapa que no elegimos, no está fuera de sus designios redentores.


No todo se resuelve hoy.  

No todo se sana de inmediato.  

Pero el alma deja de caer al infinito.


Y eso, en medio de un mundo que romantiza la muerte como escape y la autonomía como salvación, es una forma profunda, silenciosa y poderosamente cristiana de esperanza.


@Ninalovehope


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