El consejo, el camino y la silla

 


-Por Diana Carolina Mendoza Corrales

Hoy me he descubierto queriendo aprender a amar a Dios en las pequeñas cosas,
esas que casi siempre pasan desapercibidas,
como si la vida, caprichosa y testaruda, insistiera en recordarme
que lo esencial se esconde justo donde nadie lo mira.

No fue una idea repentina,
fue el resultado de la exhortación, confrontación y meditación
que impregnó mi ser en el Salmo 1.

Amar… amar a Dios… en mis más íntimos pensamientos,
en esos en los que puedo recrearme y disfrutar por horas,
más que cualquier bien en esta vida.

Amar a Dios en esos lugares olvidados por nuestra atención moderna,
donde no hay grandeza aparente ni señales evidentes de espiritualidad,
lugares donde, sin embargo, la gracia suele trabajar con más constancia
que en los momentos que llamamos “importantes”.

Espacios que hace poco tiempo no hubiera visto como posibles
para expresarle mi amor y mi pasión:

el escritorio donde se mezclan leyes de derecho civil, resaltadores
y una taza de café que comienza caliente y termina fría más rápido de lo que quisiera,
la cocina donde una sola mujer se organiza para sostener su mundo,
los silencios que llenan mi apartamento cuando cae la noche,
aun en el vaso que lavo sin prisa, en el mensaje que respondo con delicadeza,
en la espera que no logro acortar.

Momentos que me dejan sin ningún otro deseo
que el anhelo desesperado de decir:
“Señor, concédeme que cada gesto, cada respiración,
sea una manera silenciosa de decirte:

‘Aquí estoy, Señor… y te elijo otra vez.’”

Sé que soy pequeña y con poca fuerza,
demasiado infiel e inconstante para admitirlo sin vergüenza,
pero mírame, Señor.

Cuando mi mente se dispersa,
y lo hace más de lo que quisiera admitir,
anhelo que mi pensamiento no vuelva a su lugar habitual de preocupación,
sino a Ti,
que lo íntimo, lo que solo Tú ves, se vuelva un espacio
donde puedo esperarte con la confianza
de quien reconoce un rostro amado.

Un rincón profundo y cierto
donde la mente deja de correr
y empieza, poco a poco, a descansar en adoración y confianza, rendida a tus pies.

A lo largo del día descubro
que yo misma decido qué dejo entrar en mi interior,
si algo despierta temor, hoy quiero soltarlo antes de que se arraigue,
si algo enturbia mi ánimo, hoy elijo no alimentarlo.

Pongo a Cristo delante de mí,
no para hacer mi día especial,
sino porque necesito luz verdadera
cuando mi mente se inclina fácilmente hacia la sombra.

Él es la Verdad que no cambia
cuando yo cambio demasiado rápido.

El siguiente paso casi nunca es heroico,
suelen ser obediencias pequeñas:
un acto de amabilidad cuando la irritación se asoma,
ordenar lo que he evitado,
poner límites con amor,
hacer lo correcto sin buscar excusas.

Ese es mi caminar hoy,
pasos sencillos, posibles, reales,
que me acerquen a Él sin dramatismos.

Y la silla en la que deseo sentarme hoy
es Su presencia,
no la silla donde me comparo con otros,
no la silla donde intento controlar lo que no puedo,
no la silla donde me esfuerzo por demostrar algo.

Quiero sentarme donde Tú estás.
Me siento tal como soy,
le cuento lo que pesa y lo que agradezco,
no vengo a exigir respuestas,
vengo a reposar en quien no cambia.

Y cuando mi mente regrese al ruido,
poder traerte de vuelta a mi presente
todas las veces que sea necesario,
como quien afina una melodía
hasta que suena limpia.

Hoy quiero que mis pensamientos
se llenen de la cercanía de Cristo,
imaginarlo conmigo en lo sencillo,
no como una idea distante,
sino como la compañía que sostiene el alma.

Que mi gozo no dependa de ser vista,
sino de vivir honestamente delante de Él.
Y si tropiezo, porque tropezaré,
esa sí que es una de las grandes certezas de mi vida,
quiero caer hacia Él, no lejos de Él,
no con el impulso de corregirme por miedo,
sino con la calma de quien sabe
que siempre puede volver a su hogar,
al corazón del Padre,
del que nunca me he ido,
pero al que regreso cada vez que divago.

Así quiero vivir hoy,
escuchando el consejo correcto,
caminando en la dirección correcta,
y sentándome en el lugar correcto:

Su presencia.

Amar a Dios en lo ordinario,
hasta que lo ordinario empiece, sin que yo lo note,
a brillar con un resplandor distinto
porque Él está ahí.

Y mientras lo intento, descanso en la certeza más hermosa:

Él siempre viene a mi encuentro.

@Ninalovehope

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